Cultura y entretenimiento

Judy Garland, de ‘El Mago de Oz’ a sus dramas y las drogas

Compartir
Acaban de cumplirse 100 años del nacimiento de Judy Garland y todos los medios han realizado un recorrido por esos años de éxitos y problemas de una estrella adolescente que se ha culminado con su biografía: “El universo de Judy Garland”
BettyGS

En lo que más se hace hincapié en el libro y en todas las publicaciones que se ha hecho de su vida es su adicción a las pastillas. Suena algo raro esto, pero se entiende mucho mejor cuando se sabe que fue su propia madre la que comenzó con este problema que la acompañó ya toda su vida.

Su madre, Ethel, consiguió que la más pequeña de sus hijas, que ya actuaban en diferentes escenarios desde muy pequeñas, firmase un contrato con la Metro-Goldwyn-Mayer. Louis B. Mayer, el que tenía más poder en Hollywood, se quedó prendado de aquella adolescente..

Con su trabajo, perpetuó esa costumbre, como decimos, inculcada por su madre e impulsada por el estudio: tomar ansiolíticos para dormir y estimulantes para trabajar durante un sinfín de horas. 

‘El mago de Oz’en 1939, fue la mayor superproducción jamás afrontada por la Metro. Cuando Fox se negó a prestarles a Shirley Temple,su estrella más preciada, Mayer se tuvo que conformar con una Judy que era demasiado mayor para el papel. De hecho, se pasó todo el rodaje de la mítica cinta con los pechos vendados.

Y ahí empezó su época más dramática. Mayer, como buen padre postizo (el de la actriz murió por aquella época), no dejó de controlar hasta el más mínimo aspecto de su vida. Cuando Judy se casó con David Rose en 1941, el jefazo de la Metro acordó un aborto con la madre de Judy. Pensaban que el público no iba a entender que una estrella tan joven fuese mamá.

Marido tras marido y pastilla tras pastilla

Encontró cierta estabilidad al lado de Vincente Minnelli. Tras rodar ‘Cita en San Louis’ a sus órdenes, director y actriz contrajeron matrimonio y tuvieron a su hija Liza. La estabilidad, sin embargo, duraría poco para la infeliz Judy.

A sabiendas de que Minnelli prefería el sexo con hombres, Judy intentó suicidarse cortándose las venas. Por fortuna, alguien estuvo cerca para salvar una vida que comenzó a ir a la deriva.

A finales de los 40, la Metro, harta de sus continuas neurosis y de los retrasos que provocaban sus miedos, la despidió.

A partir de ese momento, desdeñó el cine en beneficio de los escenarios, donde encontró una segunda vía de ingresos económicos y una nueva vida profesional. Su tercer marido, Sidney Luft, impulsó ese cambio de rumbo que coincidió con su culto gay.

Entre cónyuge y cónyuge, sus shows dejaban ver la debilidad física que sufría por culpa de las depresiones y su afición a los barbitúricos.

En marzo del 69, Judy Garland se casó con un empresario mucho más joven que ella, Mickey Deans. Los vídeos que han quedado de aquel día dejan patente su decadencia física. Con la mirada cansada, extremadamente delgada y frágil, Judy parecía una pálida sombra de lo que una vez fue.

Deans, del que también se acabaría separando, fue el testigo involuntario de la desgracia que iba a sobrevenir. En la mañana de aquel 22 de junio, al acudir al baño del domicilio que ambos compartían en Londres, se encontró a Garland sentada en el retrete. Había muerto. Una ingesta accidental de barbitúricos equivalente a diez antidepresivos se la llevó.

Más de medio siglo después de aquella muerte, se convirtió en el mayor símbolo del lado más cruel y despiadado de un Hollywood que esclavizaba a sus estrellas para convertirlas en alegorías de la perfección.

En una de las grabaciones que dejó en pleno trance por el consumo de drogas, ella misma parecía saber que la recordarían por su desdicha e hizo un juego de palabras con su canción más famosa: «Solo fui una persona que quiso alcanzar el arcoíris y no pudo hacerlo».