Isabel Muñoz: Las piedras del cielo
Hasta el 6 de septiembre podemos visitar, en la Galería de las Colecciones Reales, la exposición así titulada de Isabel Muñoz, Premio Nacional de Fotografía 2016.

A través de fotografías, vídeos, objetos e instalaciones, Isabel posa su mirada en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, con 35 piezas híbridas, a medio camino entre la fotografía y el grabado, usando en algún caso láminas de plata, como homenaje a los alquimistas, y en otras, superficies de oro para recrear miniaturas de libros sagrados. Y confesando que «me he enamorado del espacio y de la Biblioteca».
También llamada Laurentina, la Biblioteca fue instalada por Felipe II dentro del Monasterio, con la intención de hacer de aquel lugar un templo de sabiduría, fiel a su lema «el mundo no es suficiente», quiso absorber y proteger todas las expresiones artísticas y culturales más allá de los límites conocidos. Encargó a humanistas y diplomáticos seleccionar y obtener libros, manuscritos, grabados, instrumentos matemáticos y científicos, mapas y monedas que constituyeron un verdado laboratorio del saber de la época, un intento de reproducir la Biblioteca de Alejandría, como gran centro de conocimiento universal de la Europa renacentista, con 40.000 volúmenes y 600 incunables.
Está formada por una gran sala compartimentada en siete espacios, que representan las siete artes liberales, rodeada por completo estanterías de madera, en las que el Rey decidió que los libros se colocaran «al revés», con los lomos hacia dentro y los cantos dorados hacia fuera, para que los libros respirasen mejor y para que los distintos colores y estilos no rompieran la armonía visual.
Isabel Muñoz me hablaba de la emoción de poder acceder a ejemplares como el Libro de Ajedrez y los del saber de Astronomía de Alfonso X El Sabio, el Libro de las Fundaciones o el Camino de Perfección de Santa Teresa, así como también de todo lo que aprendió de los sabios agustinos que gestionan la Laurentina. Una Biblioteca con manuscritos castellanos, latinos, griegos, árabes y hebreos, cuya procedencia, entre otras muchas, fueron la testamentaría de Felipe II, la biblioteca de Diego Hurtado de Mendoza, la más valiosa de la época, o los códices árabes del sultán de Marruecos.
Tanto el Monasterio como la Biblioteca, son fiel reflejo de la personalidad de Felipe II, un rey muy religioso, tímido, que parecía distante, protegido por una rigurosa etiqueta, pero cercano y cariñoso, especialmente con sus hijas. Amante de la rutina, el orden y la higiene, no soportaba ver una mancha en la pared. Adicto al trabajo, llamado el «rey burócrata», descendía a los detalles, con dificultad para delegar y lento en las decisiones. Despachaba grandes cantidades de documentos al día, anotando sus instrucciones en los márgenes de los informes, en jornadas que se iniciaban a las seis de la mañana y terminaban a las once de la noche, con breves pausas para las comidas y asistir a Misa.
El Monasterio era su refugio idóneo e Isabel Muñoz, con su talento y sensibilidad, nos permite sumergirnos en esa época mágica en la que el Real Sitio fue centro del saber y del que Felipe II quiso hacer » un palacio para Dios y una choza para mí».