Cultura y entretenimiento

Hemingway estuvo en varias ocasiones en los sanfermines y él mismo se construyó un mito, con ayuda, pero ¿cuánto hay de mentira?

Compartir
Hay cosas que, aunque pasen años y años, es casi imposible dar por hecho que no han sucedido. Este es el caso Ernest Hemingway y su relación con España y, más concretamente, con Pamplona y los sanfermines. Incluso dentro de los actos programados hay un tour por los lugares frecuentados por el autor o que se le atribuyen. Pero para Pamplona se ha convertido en un fetiche al que le sacan un gran rendimiento turístico.
Manuel Vega

Negar la calidad literaria a un escritor que ha ganado un Pulitzer y el Nobel es de osados, insensatos y, cómo no, de ignorantes. Pero no puedo, ni quiero evitar decir lo que pienso de este autor sobrevalorado, aunque muchas de sus novelas hayan sido adaptadas al cine.

He leído sus obras y he visto las películas que han adaptado de varias de ellas y la conclusión es que no me creo que se haya merecido ni los premios recibidos, que, por cierto, al concedérselos al autor estadounidense rebajan la importancia de los mismos. Pero de los Premios de Literatura siempre hay disparidad de criterios.

No hablo como lingüista, que no lo soy, y seguro que no tengo su preparación, pero por lo experimentado con Hemingway me atrevo a dar mi opinión sobre la calidad de su literatura que la quiero calificar de elemental.

Hay autores que, no acierto a saber el porqué, tienen un gran éxito en los estudios de cine y sus obras se adaptan con facilidad a la pantalla. Da la impresión que escriben para conseguirlo, aunque esta afirmación me parece excesiva. Simplemente así lo deciden.

Dando un ligero repaso a las adaptaciones de las novelas de Hemingway me atrevo a decir que son más bien mediocres yb han podido tener un cierto éxito de taquilla y algunos de los que las han dirigido, con un número de buenas obras en su historial, parece que las han realizado más porque necesitaban dinero en ese momento.

Por no extenderme demasiado lo voy a concretar en tres de sus pelíclas: ‘Por quien doblan las campanas’, ‘Las nieves del Kilimanjaro’ y, cómo no, ‘El viejo y el mar’.

La primera de ellas la vemos como una voluntarioso trabajo de todos los participaron para conseguir una cinta pasable basada en la Guerra Civil española. Tan sólo el esforzado guión y el buen hacer los actores (Gary Cooper e Ingrid Bergman eran los principales) hicieron que fuera pasable. Se comentó que el director (Sam Wood) nunca entendió nada de lo que estaba rodando.

La segunda se puede resumir en que el protagonista, víctima de una herida en la pierna que amenaza gangrega, el novelista Harry Street (Gregory Peck) se encuentra, junto a su esposa Helen (Susan Hayward), perdido en el continente africano y acechado por los buitres, con pocas esperanzas de sobrevivir. En esa situación recuerda los episodios más importantes de su vida, desde la educación que recibió de su tío Bill (Leo G. Carroll), desde su paso por España y París hasta las causas que le han llevado a la difícil situación que ahora atraviesa, en una tienda de campaña al pie del Kilimanjaro. Un verdadero rollo que es difícil dentragar.

Pero para rollo, tal vez la que tuvo una mejor acogida. Un viejo lobo de mar está pasando una mala racha, ya que hace ochenta y cuatro días que no pesca un sólo pez. Todos los habitantes del pueblo se burlan de él, excepto un niño, que le mira y ayuda. Ambos piensan que el día siguiente será bueno para la pesca del pez espada. Todavía es de noche cuando el pescador se levanta y se adentra en el mar en su pequeña barca. Pasa poco tiempo y ve cómo un gigantesco pez muerde el anzuelo y arrastra su barca. Un peñazo insoportable con Spencer Tracy, el actor más antipático y menos querido en Hollywood, que interpreta a un hombre atrapado en medio del mar hablando consigo mismo, en soledad…viendo la muerte de cerca.

Y como ha llegado San Fermín, al margen de su literatura y películas, mi intención era poner a cada uno en su sitio y resumir sobre lo que han escrito sobre el autor y su huella en Pamplona.

Leyendas y mitos aderezan el vínculo existente entre Hemingway y los sanfermines hasta llegar a extremos que casi resultan ridículos, pero que han demostrado estar hechos a prueba de bomba. Sin embargo, no faltan voces dispuestas a poner las cosas en su sitio y esa es la misión el libro del escritor Miguel Izu, que se ha propuesto con su obra apartar el grano de la paja y dejar al descubierto lo que hay de cierto y falso en esta cuestión.

Uno de los mitos más extendidos es considerar a Hemingway como el primer extranjero que escribió sobre los sanfermines poniendo el foco en ellos. Pero el escritor no “descubrió” las fiestas de IPamplona. Izu recoge cómo ya desde finales del siglo XIX e inicios del XX «aparecen las primeras quejas sobre la masificación de las fiestas», una popularización de los sanfermines en la que mucho tendría que ver el hecho de que fuera la ciudad de origen del violinista Pablo Sarasate, conocido en aquella época a nivel internacional.

Así, en 1923, primer año que el escritor acudió a los sanfermines, la prensa local ya destacaba el «incesante llegar de forasteros que no sabemos dónde demonio se van a meter. De EE UU, sobre todo, y de Francia, han venido en proporciones verdaderamente extraordinarias». En las universidades americanas todavía se organizan viajes a los sanfermines.

A partir de ese año, el escritor se convertiría en un habitual de las fiestas en la década de los 20, aunque en total visitó pamplona en nueve ocasiones y no todos los años, como se ha llegado a asegurar. En concreto, recaló en sanfermines entre 1923 y 1927, en 1929, en 1931 y después de la Guerra del 36, los años 1953 y 1959.

El salto de 22 años entre 1931 y 1953 se debió a que, en primer lugar, el escritor se sintió atraído por África y, posteriormente, a que fue corresponsal tanto en la Guerra del 36 como en la Segunda Guerra Mundial. A partir de 1945, su principal impedimento para volver a Iruñea era la dictadura de Franco, que recordaba sus simpatías por la República española y sus ideas políticas antifascistas.

La Guerra Fría y el acercamiento de EEUU al régimen franquista hicieron que Hemingway pudiera regresar a esas fiestas que tanto quería, siempre y cuando se abstuviera de hacer comentarios de corte político. Un compromiso que respetó, lo que le permitió disfrutar de dos sanfermines en plena dictadura.

Relacionado con esas dos últimas estancias, surge uno de los mitos más curiosos y lucrativos sobre Hemingway y que tiene que ver con el lugar en el que se alojaba el premio Nobel de Literatura.

El Hotel La Perla de la plaza del Castillo asegura que conserva intacta la habitación en la que se alojó y que sería la 217, hoy la 201. Pues bien, lo más sorprendente del asunto es que el escritor solamente pasó una noche en el citado hotel, lo hizo antes de los sanfermines y en el año 1924.

En su primera visita a las fiestas, Hemingway reservó una habitación en el Hotel La Perla, donde se presentó con su primera esposa, Hadley Richardson, el 6 de julio de 1923. Pero, al llegar al establecimiento, le pareció demasiado caro y la persona que lo regentaba entonces, Ignacia Erro, encaminó a la pareja a un piso particular en el número 5 de la calle Eslava, donde finalmente se alojaron.

Al año siguiente, Hemingway y su esposa recalaron antes de las fiestas camino de Madrid. El 26 de junio se alojaron una noche en el Hotel La Perla y reservaron habitaciones para ellos y los amigos con los que compartirían los próximos sanfermines.

Pero una vez en Madrid, un crítico taurino les recomendó que se alojaran en el Hotel Quintana, situado en el extremo opuesto de la plaza del Castillo y que estaba regentado por Juanito Quintana, un gran aficionado a la tauromaquia. Así que cuando regresaron a la capital navarra, los Hemingway se alojaron en el establecimiento de Quintana y sus amigos, en La Perla.

A partir de ese momento se entabló una relación muy estrecha entre el escritor y el hotelero, de tal manera que en los siguientes años, siempre se alojó en su establecimiento. A partir de la guerra, ya no era posible. Quintana era republicano y salvó la vida en julio de 1936 porque la sublevación militar le sorprendió viendo una corrida de toros en Las Landas. Su hotel fue incautado por los sublevados y salió a subasta para ser reabierto como Hotel España unos meses más tarde.

Entonces, ¿Hemingway se alojó en el Hotel La Perla en los años 50 al no existir el Hotel Quintana? Pues tampoco. En 1953, y gracias a las gestiones del propio Quintana, el escritor y sus acompañantes se instalaron en el Hotel Ayestaran de Lekunberri y cada día cubrían los 40 kilómetros de ida y los correspondientes de vuelta para acudir a la capital navarra.

De cara a las fiestas de 1959, Hemingway recurrió de nuevo a Quintana para solventar la cuestión del alojamiento. En concreto, le pidió que le proporcionara un piso lejos del centro de la ciudad y del ruido nocturno festivo. Y su fiel amigo consiguió que le alquilaran un chalet en la Media Luna.

Por lo tanto, resulta cuando menos sorprendente que en el Hotel La Perla se promocione esa habitación en la que supuestamente se hospedó el escritor. Pero Izu aporta una explicación al respecto al comentar que «por setecientos euros la noche, dos mil más en sanfermines, se proporciona a los clientes la inofensiva ilusión de dormir en la misma habitación que ocupó el escritor».

Pero no solo el Hotel La Perla ha buscado un vínculo con Hemingway. Lo mismo sucede con el Café Iruña, aunque en su caso sí que existió una relación estrecha con el escritor estadounidense, al menos en sus primeras visitas a los sanfermines. Sin embargo, en los años 50, el autor decidió no acercarse a ese local porque «se ha puesto cargante».

Ese “boicot” del escritor no ha supuesto ningún problema para que en el Café Iruña exista un rincón dedicado a Hemingway en el que se puede ver una estatua de tamaño natural del autor similar a la existente en El Floridita de La Habana (Cuba) y que le representa precisamente con su clásica estampa de los años 50, cuando no lo pisó.

Y siguiendo con este establecimiento, Izu señala que, contra lo que se ha asegurado, Hemingway no empezó a escribir “Fiesta” en ese lugar durante las fiestas de 1925, sino que simplemente habría tomado algunas notas de lo que veía para realmente redactar la novela una vez que había abandonado Pamplona

Su rechazo al Café Iruña hizo que en sus dos últimas fiestas Hemingway frecuentara las terrazas del antiguo Kutz y sobre todo, del Txoko, ambos también situados en la plaza del Castillo.

En la terraza de este último bar se podía ver al escritor rodeado de gente que buscaba un autógrafo suyo y que se quería fotografiar con él. Pero eso solamente sucedió en los sanfermines de 1959 y tras serle concedido el Premio Nobel de Literatura en 1954. Hasta entonces, existe cierta unanimidad en que Hemingway era conocido por un reducido número de personas y que todavía eran menos los que habían llegado a leer “Fiesta”.

Pero como el escritor sí que era muy conocido a nivel internacional, no faltaron leyendas alrededor de personajes de relumbrón que habrían visitado los sanfermines de la mano precisamente de Hemingway, aunque muchos de ellos jamás llegaron a pisar la ciudad. Al respecto, Izu aporta los nombres de Man Ray, Scott Fitzgerald, Cole Porter, Pablo Picasso, Dorothy Parker, Gary Cooper, Ava Gardner o Lauren Bacall, entre otros.

Estos son sólo algunos de los mitos que Izu desmonta en su libro y que llegaron a generarse incluso alrededor de su muerte, ocurrida el 2 de julio de 1961, cuando se disparó con una escopeta de caza en su casa de Ketchum (Idaho).

Se llegó a decir que en el cajón de su mesilla de noche tenía guardadas las entradas para la feria de ese año. Y rizando el rizo, incluso se ha asegurado que estaban en la mesilla de su habitación del Hotel La Perla. Para completarlo, algunos hasta han situado en ese espacio los billetes de avión que le llevarían a Iruñea y que le habría comprado su inseparable Juanito Quintana.

Leyendo el libro de Miguel Izu parece que casi resulta inevitable que la presencia de Hemingway terminara adornada con leyendas y mitos, como si su sola presencia no fuera suficiente para dar cierto ambiente a los sanfermines. El escritor lo ve así al recordar que «unas fiestas como los sanfermines acumulan muchas leyendas, desde que el pañuelo rojo simboliza el martirio de San Fermín, pasando porque en Pamplona se reúnen un millón de personas, hasta que todos los años hay algún muerto en el encierro. Hemingway es un personaje muy famoso y muy desconocido entre nosotros, y un candidato óptimo para que se le adjudiquen multitud de anécdotas que nunca ocurrieron».

Además, se da la circunstancia de que al propio Premio Nobel de Literatura le iba ese tipo de «marcha», eso de crearse una especie de aureola mítica. Como señala Izu, «Hemingway solía ser bastante exagerado y melodramático, buena parte de su leyenda la elaboró él mismo. Cuando viene por primera vez a Pamplona en 1923, escribe que él y su esposa eran los únicos extranjeros, lo cual es rotundamente falso, ya que con anterioridad ya venían turistas extranjeros».

Y cuando después de una larga ausencia vuelve en los años 50, «promete muchas veces que va a regresar todos los años, pero solo viene dos veces, en 1953 y 1959, pero crea la impresión de que es un visitante habitual. También presumía de haber corrido en el encierro, pero en realidad solo participaba en las vaquillas emboladas, a las que se empeñaba en torear».

Desmontar los mitos creados alrededor de Hemingway puede llegar a generar rechazo entre algunos sectores, ya que parece hacer de menos la leyenda de los propios sanfermines, aunque Izu resta importancia a esta cuestión. El escritor considera que «quizás unas pocas personas se sientan molestas, pero creo que las leyendas suelen sobrevivir sin problemas a libros como el mío».

Porque incluso «sabiendo que solo son leyendas, se seguirán contando igual, porque resultan más divertidas que la realidad.

En definitiva, esta es la opinión que tengo de Ernest Hemingway porque de vez en cuando hay que poner los pies en la tierra y decir claramente lo que uno piensa y lo que le han aportado personas muy cercanas a ciertos personajes que tienen poco de realidad y casi todo de leyenda. Y sigo sin entender los atributos del escritor estadounidense para el reconocimiento que tuvo y cuya vida, tal vez, sea más interesante tanto para una novela, como para una película que toda su obra.